Alexandre Dumas, El conde de Montecristo
"Mientras tanto el buque se iba acercando; había franqueado felizmente ese estrecho que algún movimiento volcánico formó entre la isla de Calasareigne y la isla de Jaros; había doblado Pomègue y navegaba bajo sus tres gavias, su gran foque y su vela cangreja, pero tan lentamente y con un ritmo tan triste que los curiosos, con ese instinto que presiente las desgracias, se preguntaban qué accidente podía haber ocurrido a bordo."
Edgar Allan Poe, “El gato negro”
"Cierta noche, aquel rumor fantástico me atemorizó más que de costumbre y pregunté a mi madre: “Oye, mamá, ¿quién es ese hombre de la arena, que siempre nos obliga a salir de la habitación de papá?”. “No hay hombre alguno de la arena, querido hijo —repuso mamá—; cuando digo que viene el hombre de la arena, únicamente quiero decir que tenéis sueño y que cerréis los ojos como si os hubieran echado arena”."
Gustavo Adolfo Bécquer, Leyendas (“La promesa”)
"El conde de Gómara, acompañado de su fiel escudero, atravesó por entre los animados grupos sin levantar los ojos de la tierra, silencioso, triste, como si ningún objeto hiriese su vista ni llegase a su oído el rumor más leve. Andaba maquinalmente, a la manera que un sonámbulo, cuyo espíritu se agita en el mundo de los sueños, se mueve y marcha sin la conciencia de sus acciones y como arrastrado por una voluntad ajena a la suya."




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